martes, 7 de febrero de 2012

De cómo un helado se convierte en poesía.


Hola bloggeros:

Hoy cambio un poco de tercio y me paso al mundo del cine. Y si voy a comenzar nuevo apartado debo de hacerlo como deben de empezarse todas las cosas. A lo grande.
Os presento pues el film Fresa y chocolate. Una participación cubano-española, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, de la que puedo decir sin duda que es mi película preferida.
Hace ya muchos años (y no soy tan mayor) que la ví por primera vez por recomendación de mi gurú particular y aún hoy, tras haberla visionado más de 100 veces, sigo diciendo lo mismo. Que hay muchas formas de poesía, y que ésta (junto con Lorca) está entre mis favoritas.
Podría hablaros de su fotografía, de la genialidad de las tomas de la antigua Habana que parece disiparse ante nuestros ojos devorada por la pobreza y la ruina. Hay ocasiones en las que durante la hora y media larga de película me parece estar allí mismo, al otro lado del charco, iluminada por ese sol intenso y cálido y rodeada por olores en los que se mezclan la frescura de la mañana y el tabaco.
Pero voy a ir un poco más allá La riqueza de esta película radica, bajo mi visión personal, en lo mágico de cómo la historia es contada. De cómo los personajes adquieren un realismo que te parece inusitado. No se trata del típico drama social “a la española”, si bien guardo a este género un profundo respeto. Aquí el drama no es drama, porque es vida. Y como en la vida, no podemos ser felices siempre. La felicidad es una emoción demasiado intensa para que perdure. Sólo puede existir como en un fogonazo, que después de un gran destello se apaga y nos deja de nuevo como estábamos, aunque sepamos que existía hace sólo un momento. ¿Nunca has mirado fijamente a una luz y al cerrar los ojos seguías viendo un gran punto blanco?. 



Asique en realidad nuestros días pasan entre un conjunto de sentimientos y emociones que van mucho más allá. La mayoría del tiempo no estamos felices ni desolados. Quizás sí desorientados, pero ese es otro tema.
La vida posee cosas de la comedia y el drama, pero sobretodo es inesperada. Inesperada en las personas que nos atraen, en nuestras familias, en nuestro trabajo y en nosotros mismos. Asique aquí el final feliz en realidad no importa. La gran diferencia entre el cine y la vida es que por mucho que lo desees, la realidad no te permite jugar con el tiempo. Un fin nunca es un fin (salvo la muerte), porque lo quieras o no el día de mañana llegará igualmente. Y quizás sea eso lo que me conquista. Que en realidad sabes que su vida continua, e intuyes en qué modo lo hace, aunque tanto ellos como tú prefirais ignorarlo.
Pero si algo se vuelve verdaderamente poesía en esa hora y media es el propio Diego. Diego que es mágico todo él. Y no lo puedes evitar, te enamoras. De la forma genial de reírse de sí mismo, de su curiosidad por el mundo, de su amor generoso, de su valentía... pero también de su humanidad, de su miedo a sus defectos. Él es todo aquello que los demás quisiéramos ser y nunca seremos. O por lo menos él es todo aquello que yo quisiera ser y nunca seré. 


Desde luego la actuación de Jorge Perugorría no hace más que darle brillo al personaje. Sinceramente no sé a qué se dedicó después de esta película, aunque aquí con vosotros me comprometo a hacer algunas pesquisas, pero su actuación no puede calificarse de menos que de genial.
Lo que daría yo por fumarme un habano en la silla “especial” y compartir con él la bebida del enemigo. ¡Qué de conversaciones imaginadas con Rocco ronroneando a mis espaldas!.

Ahora ya lo sabeis asique... Bon appétit !
 

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