Hola bloggeros:
Hoy cambio un poco de
tercio y me paso al mundo del cine. Y si voy a comenzar nuevo
apartado debo de hacerlo como deben de empezarse todas las cosas. A
lo grande.
Os presento pues el film
Fresa y chocolate. Una participación cubano-española, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, de la
que puedo decir sin duda que es mi película preferida.
Hace ya muchos años (y
no soy tan mayor) que la ví por primera vez por recomendación de mi
gurú particular y aún hoy, tras haberla visionado más de 100
veces, sigo diciendo lo mismo. Que hay muchas formas de poesía, y
que ésta (junto con Lorca) está entre mis favoritas.
Podría hablaros de su
fotografía, de la genialidad de las tomas de la antigua Habana que
parece disiparse ante nuestros ojos devorada por la pobreza y la
ruina. Hay ocasiones en las que durante la hora y media larga de
película me parece estar allí mismo, al otro lado del charco,
iluminada por ese sol intenso y cálido y rodeada por olores en los
que se mezclan la frescura de la mañana y el tabaco.
Pero voy a ir un poco más allá
La riqueza de esta película radica, bajo mi visión personal, en lo
mágico de cómo la historia es contada. De cómo los personajes
adquieren un realismo que te parece inusitado. No se trata del típico
drama social “a la española”, si bien guardo a este género un
profundo respeto. Aquí el drama no es drama, porque es vida. Y como
en la vida, no podemos ser felices siempre. La felicidad es una
emoción demasiado intensa para que perdure. Sólo puede existir como
en un fogonazo, que después de un gran destello se apaga y nos deja
de nuevo como estábamos, aunque sepamos que existía hace sólo un
momento. ¿Nunca has mirado fijamente a una luz y al cerrar los ojos
seguías viendo un gran punto blanco?.
Asique en realidad
nuestros días pasan entre un conjunto de sentimientos y emociones
que van mucho más allá. La mayoría del tiempo no estamos felices
ni desolados. Quizás sí desorientados, pero ese es otro tema.
La vida posee cosas de la
comedia y el drama, pero sobretodo es inesperada. Inesperada en las
personas que nos atraen, en nuestras familias, en nuestro trabajo y
en nosotros mismos. Asique aquí el final feliz en realidad no
importa. La gran diferencia entre el cine y la vida es que por mucho
que lo desees, la realidad no te permite jugar con el tiempo. Un fin
nunca es un fin (salvo la muerte), porque lo quieras o no el día de
mañana llegará igualmente. Y quizás sea eso lo que me conquista.
Que en realidad sabes que su vida continua, e intuyes en qué modo lo
hace, aunque tanto ellos como tú prefirais ignorarlo.
Pero si algo se vuelve
verdaderamente poesía en esa hora y media es el propio Diego. Diego
que es mágico todo él. Y no lo puedes evitar, te enamoras. De la
forma genial de reírse de sí mismo, de su curiosidad por el mundo,
de su amor generoso, de su valentía... pero también de su
humanidad, de su miedo a sus defectos. Él es todo aquello que los
demás quisiéramos ser y nunca seremos. O por lo menos él es todo
aquello que yo quisiera ser y nunca seré.
Desde luego la actuación
de Jorge Perugorría no hace más que darle brillo al personaje.
Sinceramente no sé a qué se dedicó después de esta película,
aunque aquí con vosotros me comprometo a hacer algunas pesquisas,
pero su actuación no puede calificarse de menos que de genial.
Lo que daría yo por
fumarme un habano en la silla “especial” y compartir con él la
bebida del enemigo. ¡Qué de conversaciones imaginadas con Rocco
ronroneando a mis espaldas!.
Ahora ya lo sabeis asique... Bon appétit !


Podría hablar de una tarde viendo esa película en un cómodo sofá.
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