Hace ya unos días tuve
la oportunidad de visitar la exposición dedicada a Delacroix en el
Caixa Forum. Podeis creerme cuando os digo que llegar a la entrada de
la sala ya supuso una guerra abierta. Lo que yo no suponía, quizás
por inocencia, es que la batalla campal estuviera teniendo lugar
también en su interior.
El riesgo que corremos
con este tipo de exposiciones de título tan goloso y al mismo tiempo
tan vacío es que atraen a las enardecidas masas, que deseosas de un
entretenimiento gratuito de los sábados por la mañana, campan a sus
anchas emitiendo todo tipo de reflexiones y pensamientos
intelectualoides que bien harían las delicias de algún que otro
moderno.
Per es cierto que me resulta
enormemente interesante llevar a cabo un ejercicio de observación y
análisis en este tipo de situaciones. No se equivoquen, no
estoy hablando de Delacroix. Somos nosotros lo
fascinante. Nuestros pequeños grupos que se desplazan por las salas.
Los despistados que no saben dónde mirar y en busca de un reducto
seguro se concentran obstinadamente en las cartelas, los que en
busca de la pincelada, rompen no sólo con el espacio de
seguridad sino con el propio espacio personal de la obra. Es un
espectáculo de lo más didáctico que sin ninguna duda os
recomiendo.
Pero volviendo a la
exposicion. El cómo el trabajo de un buen comisario puede hacer
brillar o enterrar bajo el suelo las obras más fascinantes, parece
no haber calado del todo en los que se ocupan de montar estos saraos.
Ya no se trata del conjunto de obras que presentamos al espectador.
Nadie duda de la grandiosidad de Delacroix, de como la magia de sus
trazos nos cautiva, nos embelesa con su riqueza de colores y
texturas, de violencias y ternuras. Pero más allá de todo esto debe
existir un discurso coherente. Un viaje que nos conduzca por caminos
que no habíamos visitado. Las obras están ahí, siempre lo han
estado, pero lo que podemos contar a través de ellas es la verdadera
riqueza de la exposicion. No tiene sentido una reunión de obras, si
no existe un nexo que las cohesione. Aparecen aquí miles de posibles
discursos que tienen la capacidad de ofrecer una visión al
visitante. Cada lienzo es una historia en sí misma, pero también y
al mismo tiempo la posibilidad de crear un relato. Una unidad de
composición que nos deja, como un amigo mío decía, migas de pan.
Señales que nos conducen a nuevas experiencias, nuevas
interpretaciones.
Parece que la avaricia de
los organizadores, antepone las estadísticas de visitas a hacer una
visita en condiciones. Si la cultura tiene ser pública, tendrá que
serlo con unas características de calidad y con la pretensión de
ofrecer al público algo más que la simple presentación de las
obras. Si no se cumplen estas caracterñisticas no se puede otorgar,
bajo ningún concepto, el título de Exposición.
Ver a Delacroix nunca
decepciona, porque lo mágico de su pintura siempre está presente,
siempre me cautiva. Pero si vais a ir, recordad que estar a solas con
Delacroix es una cita con todo lo romántico y sensual que ello
supone. Con los nervios previos, el coqueteo, y si me pones hasta la
última copa en el apartamento. Pero ver de lejos a Delacroix con
treinta personajes entre medias y los flashes rodando, no es más que
intentar pedirle un autógrafo a la estrella de turno y alcanzar a
verla entre las cabezas. ¿Tu con qué te quedas? A mí desde luego,
siempre me fué más lo del apartamento...
Jajaja muy bueno... qué te voy a decir que tú no sepas... solo que mientras que se pone la exposición de Delacroix por los aires, existen muchos otros museos y exposiciones en Madrid que están vacíos y abandonados por el simple hecho de no tener esa masiva publicidad. Sin embargo las obras que ofrecen (y la forma en las que las ofrecen) no tienen nada que envidiar al pobre Delacroix.
ResponderEliminarPor ejemplo, el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Así que, puestos a "llevarse a alguien al apartamento" mejor no llevarse a putas: hay otras posibilidades.
;)